Frente al Imperialismo, la Resistencia de los Pueblos.
El imperialismo no siempre avanza con tanques. A veces llega con decretos, con sanciones, con préstamos condicionados o con discursos de “seguridad”. Pero cuando esas herramientas no bastan, vuelve a hacer lo que siempre ha sabido hacer: imponer su voluntad por la fuerza.
Por Lucas Taffin
25 de Febrero del 2026
AMÉRICA LATINA – El 4 de diciembre de 2025, la administración Trump presentó su nueva Estrategia de Seguridad Nacional. El documento abre con una frase que no deja lugar a interpretaciones:
“Para asegurar que América permanezca como el país más fuerte, rico, poderoso y exitoso del mundo durante las décadas por venir, nuestro país necesita una estrategia enfocada y coherente sobre cómo interactuar con el mundo”. (1)
El 3 de enero de 2026, esa lógica se materializó sin ambigüedades. En el marco de la operación ABSOLUTE RESOLVE, fuerzas estadounidenses ingresaron a Caracas y secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a Cilia Flores. No fue un acto aislado ni un “exceso”: fue la aplicación directa y sin máscaras de una política imperial anunciada semanas antes. (3)
Menos de un mes después, el 23 de enero de 2026, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos publicó una versión no confidencial de su Estrategia de Defensa Nacional, titulada “Restaurar la paz a través de la fuerza, para una nueva era dorada para América”. En la tercera página, el mensaje es explícito:
“Trabajaremos de buena fe con nuestros vecinos, desde Canadá hasta nuestros socios en América Central y del Sur, pero nos aseguraremos de que respeten y cumplan su parte para defender nuestros intereses comunes. Y si no lo hacen, estaremos listos para tomar acciones decisivas y precisas que avancen concretamente los intereses de los Estados Unidos. Esto es el corolario Trump de la Doctrina Monroe. Y el ejército de los Estados Unidos se declara listo para imponerlo con rapidez, fuerza y precisión, como el mundo lo vio en la operación ABSOLUTE RESOLVE.” (4)
Lo que ocurrió estos últimos meses es, en realidad, una actualización brutal de la vieja Doctrina Monroe. Una versión más frontal de la misma lógica colonial: el hemisferio occidental como zona de control exclusivo de Washington. La llamada Doctrina Donroe no inaugura una nueva era; desnuda sin pudor un proyecto imperial que nunca se fue.
Miembras de la Guardia Indígena durante el Encuentro Binacional de Hermanamiento en Defensa de la Paz y la Soberanía de los Pueblos en Cúcuta el 7 de Febrero del 2025. © Fredy Henao
Una larga historia de colonialismo
Para comprender lo que ocurre hoy, es necesario inscribirlo en una historia larga. En 1823, el presidente James Monroe proclamó “América para los americanos”, estableciendo el principio según el cual el colonialismo europeo debía ser reemplazado por el imperialismo estadounidense. Tres años después, durante el Congreso Anfictiónico de Panamá convocado por Simón Bolívar, la delegación de Washington rechazó el proyecto de integración latinoamericana al considerarlo una amenaza para sus planes expansionistas (5).
A finales del siglo XIX, esta doctrina se consolidó con el Corolario Roosevelt, también conocido como la política del Gran Garrote, que “otorgó” a Estados Unidos el papel de “policía” del Caribe y América Latina. Desde entonces, la intervención dejó de ser excepción y se convirtió en norma (5).
Entre 1898 y 1994, el historiador John Coatsworth contabilizó 41 intervenciones estadounidenses en América Latina, más de la mitad destinadas a forzar cambios de régimen. Puerto Rico y Cuba en 1898, Panamá en 1903, Nicaragua en 1912, México en 1914: los pretextos cambiaron, el objetivo nunca (6).
Tras la Segunda Guerra Mundial, la excusa fue la lucha contra el comunismo. En los años setenta, la Guerra contra las Drogas ocupó ese lugar (7). En los años ochenta, una investigación del Congreso estadounidense reveló que la CIA colaboró con cárteles para financiar la guerra contra la Revolución Sandinista (8). El enemigo nunca fue la droga. El enemigo siempre fue la soberanía.
Frontera Colombo-Venezolana de Cúcuta. © Fredy Henao
El imperialismo en el siglo XXI
Hoy, la hegemonía estadounidense está socavada por China, quién ha alterado el equilibrio económico mundial y, en 2024, superó a Estados Unidos en el comercio internacional de bienes (10). En respuesta, Washington busca asegurar su retaguardia: el continente americano.
Desde Cuba y Venezuela hasta Brasil, Argentina, Bolivia, Chile y Perú, China se ha convertido en un socio económico central. Para Estados Unidos, esto representa una amenaza estratégica directa. El objetivo es claro: retomar el control del hemisferio para garantizar acceso privilegiado a hidrocarburos, minerales estratégicos y cadenas de suministro críticas.
En otras palabras, el proyecto político de Trump de “Hacer a América Grande de Nuevo” se sostiene sobre el hurto de los recursos naturales y el vasallaje de América Latina, pisoteando la autonomía, la soberanía y los derechos de los pueblos del continente.
Para lograrlo, Washington combina chantaje económico, injerencia política y fuerza militar. Argentina y Honduras son ejemplos recientes de presión electoral mediante financiamiento condicionado (11). Venezuela es el caso extremo: sanciones, embargo total y, finalmente, intervención directa. (12).
El ataque a Venezuela no buscaba “restaurar la democracia”. Buscaba destruir un modelo: el de la soberanía petrolera. Al cortar las exportaciones de crudo hacia China y Cuba, Estados Unidos golpeó no solo a Caracas, sino también a La Habana, profundizando el aislamiento de una isla asfixiada por décadas de bloqueo.
Mural Fuera Yanquis en la frontera Colombo-Venezolana. © Fredy Henao
Colombia: aliado estratégico y campo de disputa
Con las elecciones presidenciales de 2026 en el horizonte, Colombia se consolida como uno de los principales escenarios de disputa geopolítica. Históricamente aliada de Estados Unidos, el país ha funcionado como punta de lanza de la política imperial en la región a través del Plan Colombia y la doctrina de seguridad hemisférica (13).
La llegada del gobierno de Gustavo Petro en 2022 abrió una grieta en esa relación. El acercamiento a los BRICS, la normalización de relaciones con Venezuela y las posiciones críticas frente a Estados Unidos en escenarios internacionales tensaron el vínculo. Tras el secuestro de Maduro, Trump no dudó en señalar a Colombia como posible “siguiente objetivo”.
Frente a la creciente tensión, el presidente Petro se reunió con Trump durante más de dos horas a puerta cerrada el 3 de Febrero, en un encuentro que tanto la presidencia de Colombia como la de Estado Unidos clasificaron como positiva. Un día después, el miércoles 4 de febrero, el ejercito colombiano bombardeó al ELN en el Catatumbo, dejando más de 10 presuntos integrantes de esa guerrilla muertos, de los cuales tres mujeres y un menor de edad. (14)
En ese orden de ideas, la negociación de Trump y Petro giró, entre otros, entorno al suministro del petróleo y a los obstáculos que puede representar el ELN para lograrlo. Ubicando a esta organizacion guerrillera como el enemigo interno, Trump y Petro se alinean en la lógica de la Doctrina imperialista que privilegia la dominación económica y se esmera por erradicar las resistencias guerrilleras, olvidando que las principales causas de la violencia y la desigualdad provienen de la explotación, el desplazamiento y el enriquecimiento sistemático de los capitales extractivos.
La Guardia Interétnica se movilizó en el marco del Encuentro Binacional de Hermanamiento en Defensa de la Paz y la Soberanía de los Pueblos en Cúcuta el 7 de Febrero. © Fredy Henao
Donde termina el Estado, empieza el pueblo
En este contexto, la soberanía no es un concepto abstracto ni un discurso institucional. Es una disputa concreta. Y esa disputa no se gana únicamente en las elecciones, cancillerías o cumbres. Se gana, o se pierde, en los territorios, en la capacidad de los pueblos de organizarse y sostener poder propio.
Por eso el Puente Internacional Simón Bolívar no fue un símbolo vacío. El sábado 7 de febrero de 2026, en el marco del Día de Acción Global por Palestina y Venezuela, organizaciones sociales y populares colombianas y venezolanas se encontraron allí para afirmar una línea política clara: frente al chantaje económico, la coerción política y la amenaza militar, la respuesta es la unidad popular.
Sonia López, vocera del Movimiento Político de Masas Social y Popular del Centro Oriente de Colombia e integrante del equipo internacional del Congreso de los Pueblos, señaló a Periferia Prensa: “reclamamos el derecho a la soberanía nacional y a la autodeterminación de los pueblos, pero también el ejercicio de defensa ante las amenazas del imperialismo para garantizar nuestro derecho a la paz” (15).
Hubo arte, consignas y cultura, pero sobre todo hubo una certeza compartida: la frontera no es solo un límite estatal; también puede ser un punto de articulación de luchas. Como lo expresaron las organizaciones movilizadas, la unidad, la organización y la movilización social son herramientas para disputar el capital y sus imperios, y la democracia directa, construida desde el poder popular, es condición para una vida digna (16).
La historia lo confirma una y otra vez: la soberanía no se delega, se construye. No se pide, se ejerce. No se concede desde arriba: se defiende desde abajo.
Y cuando los gobiernos doblan la espalda, queda lo único que nunca debería fallar: el pueblo organizado, consciente y en resistencia.
Como lo afirmaron las organizaciones movilizadas en su declaración conjunta del 7 de febrero:
“Reconocemos la unidad popular, la organización y la movilización social como herramientas de disputa contra el capital y sus imperios (…) reivindicamos la soberanía nacional , el derecho de autodeterminación, así como el ejercicio de la democracia directa en la construcción permanente del poder popular para hacer posibles las condiciones para una vida digna ”.
Por Lucas Taffin
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