El mar que cría y quita: Relatos de un pescador artesanal en el Pacífico colombiano

En las aguas del Pacífico colombiano, cerca de Cabo Corrientes, Chocó, la vida se cuenta a través del mar, las montañas y los ríos. Estos territorios no son solo paisaje, sino sustento, memoria, tradición y destino. Navegando entre orillas y mar abierto, sostuve un diálogo con Edinson Murillo Girón, más conocido como “Aruso”, pescador artesanal y conocedor del territorio. En el diálogo se relataron historias que conectan lo espiritual, lo cotidiano de un pescador artesanal en Partadó, Chocó, y lo profundamente humano de sus habitantes.

Por Yonatan Diaz

25 de junio 2026

Chocó – Con Aruso salimos varios días a pescar, para conocer de lleno cómo es la dinámica del pescador artesanal en este lado de la costa Pacífica de Colombia. Aquí pude presenciar lo complicado y, al mismo tiempo, dichoso que puede ser estar en alta mar y dedicar horas al arte de pescar. Hay varios tipos de pesca: pesca de espinel, pesca de troleo, pesca de champeta, etc. La pesca que practicamos fue la pesca de troleo, la cual se hace corriendo a motor todo el tiempo, y la pesca de champeta, que es un tipo de pesca que se hace ondeando.

También Aruso cuenta sobre las necesidades que como pescadores artesanales enfrentan a diario, su pasado y el presente que llegó para transformar sus realidades.

Aruso sale a pescar por la mañana en Partado. © Yonatan Diaz

Los cerros encantados

Todo comienza con una pregunta. Edinson Murillo Girón, “Aruso”, mientras vamos por la orilla camino a pescar, justo por la punta de Arusí, señala a lo lejos los cerros Janano y Jananito, guardianes silenciosos del territorio, y me dice: “Este es el cerro más alto de acá, ¿ya lo habías pillado?”.

Continúa. No son solo montañas. Son lugares cargados de historia, de “encantos”, como se dice en la región. Aruso de inmediato recuerda relatos antiguos de los cerros y comienza a compartirlos:

“Yo he escuchado que esos cerros tienen su historia. Mirá que había un man, antes soldado, un soldado pues. Y el man pensaba que era un chiste lo que le decían sobre los cerros. El man se ha ido allá arriba con unos perros. Cuando ya se ha ido con los perros, guau, guau, guau, se escucha. Entonces dice el man que, cuando iba paseando por un lado, había un palo de totumo.

Pero qué huevonada, totumo de esos redondos, pues. Tres, oí pues. Tres tenía el palo.

Entonces, pues, el man dice: ‘Pero carajo, acá en la punta mía hay un par de totumos’, dice el man. Bueno, pero entonces le dice al otro man: ‘Los perros es que lo tienen cogido ahí al lado’. Entonces le dice el man: ‘No, vamos a esa isla y cuando pasemos cogemos un totumo de esos’. Fueron a esa isla y cuando pasaron a buscar los totumos no los encontraron más.

Entonces había manes que antes venían de Buenaventura en esa época y veían esos cerros prendidos. En la época, cuando navegaban los botes a vela y todo eso, algunos pasaban por ahí y decían que no, que ahí está subida, allá está subida. Qué va, eso era una cosa de no creer. Esos cerros Janano y Jananito, ahí donde tú los ves, esos cerros tienen lo suyo. Yo creo que por eso es que ese río va para allá y para acá, porque por ahí había un encanto, un entierro, como le decimos acá”.

En estas tierras, la naturaleza no es solo materia, también hay mucha voluntad. Los cerros, el río y el mar dialogan entre sí con sus habitantes. Por eso el encanto de los cerros y el movimiento constante de los ríos y el océano, como si las aguas obedecieran a fuerzas invisibles. Nuestra conversación se extendió hacia una filosofía de vida: la tierra no es propiedad, es tránsito. “Uno es administrador, uno se muere y nada se lleva”.

Pescadores artesanales navegan por la mañana © Yonatan Diaz

A veces uno invierte y queda debiendo

La lancha va avanzando suave camino a un lugar estratégico conocido por los pescadores de Partadó como la “oficina de los pescadores” o “Parguera”. Este lugar queda frente a Cabo Corrientes, donde pescan todos los habitantes del Golfo de Nuquí, que en su mayoría son partadoseños. Mientras el sonido del nylon va arrastrándose por las aguas azules y verde agua marina del océano, un jalón nos sorprende y se cruza el diálogo. Aruso sonríe y dice: “Lo pegué, soy el maestro”. Después de unos cinco minutos de fuerza y resistencia contra el pescado, Aruso saca del fondo del océano un atún gigante de unas siete libras.

Pero la pesca no siempre tiene buenos tiempos. Es un arte de vibras, paciencia, resistencia y fe. Hay días de abundancia y otros donde no hay ni para el más pequeño de la casa. La inversión es alta: gasolina, tiempo y esfuerzo, y en ocasiones el resultado es pura incertidumbre recostada en la fe. Después de sacar el atún, Aruso continúa el diálogo hablando sobre el tiempo que pasa pescando, las inversiones que se tienen que hacer para salir a una faena y los problemas que como pescadores artesanales tienen cuando los tiempos no son tan buenos.

“Yo voy a pescar mucho. Yo por lo menos trabajo hasta que a veces me quedo tarde, porque no está el movimiento del pescado, pero cuando hay movimiento, trabajo hasta temprano. Por lo menos en la temporada de abril y mayo, la gente sale a las 2:00 o 3:00 a. m. de la madrugada. Pero ya temprano también está entrando a su casa. ¿Sí me entendés? Como es la temporada. En ocasiones también se sale a las 6 de la mañana y uno llega a las 12:00 o 1:00 p. m. del mediodía.

Depende pues, uno aguanta y todo cuando hay mucho pescado, pero la pesca es como una suerte también. Yo he salido y a veces no he llevado ni para el más chiquito de la casa. Y a veces usted está pescando y bota equipo al piso y no coge nada. Como a veces usted coge bastante pescado y no bota ni un anzuelo. Escúchame lo que te estoy diciendo, ¿sí me entendés? Como pescador, a veces usted ni los gastos defiende. O sea, se invirtió 100 mil pesos en gasolina, ciento y pico, y vea, queda debiendo esa gasolina porque no puede pagarla después. A veces los de viento y marea invierten 1,2 millones de pesos en una salida y regresan sin nada. Entonces son días perdidos porque se van 8, 9 días en alta mar y llegan sin ningún peso ni para el más chiquito. Mientras que otras veces usted puede hacer hasta 5 millones de pesos en un brinco: pan, pan, en cuestión de segundos. Yo he sido pescador viejo. Yo también sé cómo es la vaina de la pesca y conozco muchos pescados. Yo soy un hombre de mar”.

Aruso continúa explicando sobre los riscales y su importancia, los cuales son zonas rocosas donde se concentra y germina una gran parte de la vida marina en el océano Pacífico. Los riscales son el corazón del mar y el lugar perfecto para los pescadores artesanales. Pero también son frágiles y están vulnerables ante la codicia humana. Las prácticas como el uso de trasmallos mal manejados o la pesca con dinamita han ido deteriorando estos ecosistemas importantes para nuestro planeta.

Pescadores artesanales pescando en Partado, Chocó © Yonatan Diaz

La vida en el mar, entre abundancia y escasez

También vuelve a recordar su pasado, de cómo antes el mar era generoso. Cuando los delfines acorralaban los pescados en la orilla y los pescadores solo tenían que recogerlos. Cuenta también cómo la sobreexplotación, la competencia y las nuevas tecnologías han venido cambiando estas dinámicas con el tiempo. El mar sigue dando, pero ya no como antes. Además, el mercado no siempre es justo con los pescadores. Intermediarios y compradores imponen precios, mientras los pescadores asumen todos los costos. La economía del mar se sostiene sobre una cuerda floja: “El que compra es el que más gana”.

“Pues los riscales son las zonas de las piedras. Los puntos donde más hay pescado. Pues les dicen riscales porque esos riscos tienen corales. Tienen de todo, porque están abajo del mar y ahí nacen todos los peces. ¿Sí me entendés? Por eso se llaman riscales. Ese es un nombre más como de la pesca cultural, ya desde la época vieja.

Bueno, la verdad ya la pesca ha cambiado mucho. A lo que era de antes, hacia atrás, unos tantos años. Pero imagínate, había una época que no me acuerdo muy bien, yo estaba pelado. Yo estaba virgen todavía, no estaba tanto la maldad en esta tierra. Donde el pescado lo sacaba el delfín. El bujeo sacaba el pescado a flote. Ese atún, la sardina, todo el pescado que fuera. Entraba el bujeo, ¡bam, bam! Una mancha de bujeo, le metían un tropelo y, mejor dicho, salía uno corriendo, cogía uno, ¡bao! ¿Sí me entendés? Hombre, te estoy contando.

Entonces ahora ya hay muchos pescadores, muchos trasmallos, dinamita. Hay muchas cosas que acorralan el pescado, pues. ¿Sí me entendés? Entonces le están metiendo muchos trasmallos a los puntos, a los riscos. Antes había unos manes de pesca de dinamita por allá, pescaban por allá, pa’ lejos. Ahora la pesca con dinamita no suena, pero todavía puede tener un man su dinamita por ahí. Oye. Entonces tiraban una dinamita y eso acababa hasta con el nido de la marrana.

Ahora ese otro loco, el trasmallo, se enreda allá debajo de la piedra, y cuando se enreda allá debajo de la piedra, allá se queda enredado, y ya no hay más nada que hacer. Se rompe y queda matando más pescado allá abajo. Porque no es que quede tirado el trasmallo allá debajo de los riscales y ya, no. El pescado pasa por ahí, o sea, las corrientes. Cuando hay muchas corrientes y tiran esos trasmallos, todo eso se despega y eso es lo que se queda pegado en los arrecifes de los riscales.

Pero, por eso, entonces, hay mucha vaina que acaba el pescado. Porque pescado hay, ¿sí me entiendes? Todavía hay pescado, solo que el pescado ha rebajado mucho. O sea, antes había mucho más pescado que ahora. Como por ejemplo, tú sales a pescar hoy en día y te demoras unas cuatro o cinco horas, y a veces no coges nada. Antes eso no sucedía. Usted salía y en un momentito usted coronaba. ¿Sí me entiendes? Ahora el pescado se ha perdido mucho. Usted antes salía temprano y a las 8 a. m. ya estaba en su casa, ¿me entiendes? Pero ahora ya todo se ha perdido. Ya el pescado no sé para dónde se va o dónde se ha metido. A veces usted sale y no coge ni un pescado. Entonces ahora un día de pesca está saliendo muy duro y muy costoso”.

Ayuso guarda el pescado que ha capturado. © Yonatan Diaz

Criar la vida con el mar

Más allá de las dificultades, la pesca sigue siendo vida. Aruso lo dice con orgullo: “Con la pesca crié a mis ocho hijos”. Sus manos endurecidas por los años cuentan una historia de lucha, trabajo duro y resistencia. No solo crió a sus ocho hijos, sino que también construyó casas, sostuvo a la familia de sus hijos y se ha enfrentado a pérdidas fuertes. Un vendaval que hubo años atrás hizo que el nivel del mar subiera demasiado en el pueblo de Partadó Viejo, donde antes vivían. Hubo casas arrasadas por la fuerza de las olas, y las familias de este territorio fueron desplazadas por la subida del nivel del mar. En el pasado, el pescado era abundante y barato en estas zonas. Hoy es casi un tesoro. Sin embargo, el vínculo que sostienen los pescadores artesanales del Golfo de Nuquí con el mar permanece intacto.

Este mar está vivo: da, quita, ahoga, pero también sostiene. El mar se enfurece y se calma. Es fuerza y equilibrio. Es una escuela; siempre aprendemos de él. Al final, lo que queda no es solo el relato del pescador, sino una manera de entender el mundo donde la naturaleza no se posee, se respeta; donde el trabajo es incierto pero digno y donde, a pesar de todo, la vida sigue navegando al ritmo de la selva y la marea.

“Yo, mejor dicho, ni hablo, porque es que yo como pescador he botado los equipos, no he cogido nada, y a veces he llegado tranquilo a la casa. Yo no hablo por nada ni nadie, yo hablo por mí. He llegado, mejor dicho, sin el más pequeño, sin nada, pero también con la pesca yo crié ocho hijos. Ocho hijos los crié, todos mis hijos son de la pesca. Para levantar a esos que están grandes ahí ahora, ha sido a punta de la pesca. Yo me la pasaba pescando de aquí para acá, y todo el día y todos los días. Por eso las manos se me pusieron así, pureza y todo. Pescando de día y de noche, volteando, saliendo a ese mar de noche para criar mis hijos. Gracias a Dios, yo para criar mis hijos me tocó duro. El pescado valía nada. Vea ese atún, ese no lo compraba nadie, hombre, en la época. Y eso, si usted lo vendía a 200, 300 pesos. Me tocó vender pescado al piso para poder ganarme unos buenos pesos. Con eso cogí a mi mujer y me ajusté. Joven me metí con mi mujer y metí el culo por ella y por mis hijos. Ahora todos están jóvenes, gracias a Dios. La última tiene 14 años, y ya tengo una familia criada a puro pescado, ¿sí me entendés, loco?

Entonces, ¿sabes qué? Con la pesca crié a mis ocho hijos, y también crié nietos con la pesca, seguro, te estoy contando. Ahora que tengo esa casita ahí, que la hija le metió una platica, pero yo, hermano, yo llegaba de pescar y enseguida me iba para el monte a bajar la madera para hacer mi casa. Yo con esa casa que está ahí, más acá, he hecho tres casas. Las otras, el mar se las llevó, porque cuando estaba joven, pues qué decir. Pa’ acá, pa’ donde vive toda esta gente, pa’ acá, pa’ acá, pa’ la punta, pa’ acá por Partadó Viejo hubo una avalancha que el mar se llevó bastante tierra. Por eso fue que el pueblo se hizo allá en Partadó Nuevo, porque toda la gente vivía acá afuera. ¿Tú me entiendes? Todo el pueblo de acá afuera. Y como el mar una vez se picó a loco, él se llevó todo y nos tocó construir acá dentro, en Partadó Nuevo”.

Las manos de Ayuso. © Yonatan Diaz

Conclusiones

En las aguas del Pacífico, la pesca artesanal no es solo un oficio: es una forma de existencia. Entre cerros encantados, riscales y mareas cambiantes, los pescadores continúan habitando un territorio donde lo espiritual, lo económico y lo natural se entrelazan. Uno de los elementos más esenciales para estas comunidades ha sido la llegada del turismo. Pues tanto los pescadores artesanales, las madres líderes, agricultoras y cocineras, como el carpintero, han hecho del turismo un modelo sostenible para la comunidad. Pero el turismo no solo es ganancia para estas comunidades, ya que la gentrificación es muy demandante, porque los precios para un plato de comida, el transporte o algún tour que quieras hacer por el territorio, tanto para personas no extranjeras como para extranjeros, pueden ser muy costosos. Y aunque el mundo cambie, el mar, como dice Aruso, siempre tendrá la última palabra.

A modo de conclusión, los pescadores artesanales de todo el Pacífico y de las regiones costeras del país sobreviven por las prácticas de pesca artesanal y otras prácticas que las comunidades han aprendido de sus antepasados. Estas prácticas son desarrolladas por los habitantes de dichas comunidades de manera responsable, ya que uno de sus principios es pescar para su soberanía alimentaria y para la soberanía alimentaria de la cadena hotelera que opera en territorios como el Chocó.

Los pescadores y sus prácticas son tan sencillas y, al mismo tiempo, tan hostiles, que hay temporadas donde se deben levantar a las 3:00 a. m. para coger solo la carnada que les permitirá luego pescar el pez más grande. En muchas ocasiones, algunos no alcanzan a coger carnada porque les faltan herramientas como lámparas para iluminar el océano y que el pescado pique, entre otros artículos que son importantes para que se pueda ejercer esta dinámica.

Pero acá no todo es hostilidad. También hay una gran sabiduría que el pescador adquiere saliendo todos los días a alta mar, ya que siempre dentro del océano se encuentran muchas especies de animales que solo se miran en ciertas temporadas: tortugas, tiburones ballena, delfines, serpientes de mar, marlin, dorado, rayas, entre otras especies marinas que, en su hábitat, se dedican a hacer espectáculos increíbles, brindándoles a los pescadores otras perspectivas sobre la pesca.

Aruso es un gran luchador que, como lo ha mencionado antes, ha sacado a su familia adelante a punta de pesca artesanal. No solo a sus hijos, sino también a sus nietos. Ha logrado comprar sus equipos, como lancha y motor, para dedicarse también al turismo. Y aunque el mundo cambie, el mar, como dice Aruso, “siempre tendrá la última palabra”.

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