Del cielo cae la guerra, del suelo crece la resistencia en el Catatumbo.

En el Catatumbo, donde el conflicto armado nunca se ha ido, la violencia ha adoptado nuevas formas: ahora, desde el cielo, sobrevuelan drones no tripulados cargados con explosivos que caen sobre veredas, casas y escuelas. Esta nueva ofensiva, desarrollada por grupos armados ilegales, ha sembrado terror en comunidades campesinas y ha obligado al desplazamiento de miles de personas. Mientras el Gobierno  responde con militarización y decretos de excepción, el pueblo —como siempre— pone los muertos, aguanta el abandono, y levanta la voz.

Por Camilo Gómez

7 de Agosto del 2025

Drones sobre el campo: una nueva etapa de la guerra.

Catatumbo – Filo Gringo, un corregimiento del municipio de El Tarra, ha sido testigo silencioso de innumerables violencias a lo largo de los años. Sin embargo, como expresó un líder comunitario durante la Caravana Humanitaria c”, “nunca le habíamos tenido tanto miedo a lo que podía caer del cielo”. Ya no solo se trata de helicópteros militares ni bombardeos aéreos: los nuevos emisarios de la guerra son drones artesanales cargados con explosivos, lanzados sin precisión sobre territorios habitados por la población civil.

Desde el 19 de marzo de 2025, esta modalidad se volvió recurrente. Según Gerson Figueroa, personero de El Tarra, los ataques han dejado tres personas muertas —entre ellas un niño de 12 años— y al menos 11 heridos. “Después del 19 de marzo entran estos aparatos no tripulados y sin precisión, que agudizan más la situación”, explicó Figueroa en una entrevista durante la Caravana. 

Los testimonios recogidos son desoladores. Un habitante de la vereda San Isidro afirmó que de 96 familias, solo 7 permanecen allí. Las demás huyeron tras los ataques con drones que afectaron unas 20 viviendas,estas viviendas quedaron inhabitables. Las familias no han recibido apoyo del gobierno nacional, ni departamental para arreglar las viviendas.El miedo no solo es físico, sino psicológico. “La preocupación que ha traído a las comunidades es la desconfianza, el miedo. Muchas personas han dejado sus viviendas solas por temor a ser víctimas”, afirmó otro habitante.

Esta nueva tecnología de terror cambia las reglas del juego en el conflicto armado: no hay advertencia, no hay precisión, no hay distinción. El dron no razona. El dron cae. Y con él, la vida también.

Una familia indígena Barí en su casa en el Catatumbo, Norte de Santander. © Andrés López

La infancia entre minas, balas y clases virtuales que no llegan

Si algo caracteriza a la guerra en Colombia es su capacidad de golpear con más fuerza a quienes menos deberían sufrirla: las niñas y los niños. En el Catatumbo, la violencia no solo arrebata vidas sino que también despoja a la infancia de su derecho más básico: aprender.

Como denunció el personero, al menos 30 sedes educativas del corregimiento permanecen cerradas. No por una pandemia, ni por huelgas docentes, sino porque han sido blanco de los ataques con drones o porque los senderos que conducen a ellas están minados. La situación es tan grave que la comunidad ha solicitado con urgencia un proceso de desminado humanitario, sin que hasta la fecha haya respuesta efectiva por parte del Gobierno.

“Queremos enseñar, pero no tenemos condiciones”, expresó un profesor durante un acto público de la Caravana. La institucionalidad ha sugerido la virtualidad como mecanismo de continuidad. Pero esa idea no solo es absurda, sino cruel. “A veces hay solo un celular para cuatro niños”, relatan los habitantes. La conectividad es casi inexistente y, más allá del acceso tecnológico, hay una realidad de guerra que no se puede digitalizar ni resolver desde una pantalla.

Y ahora, en agosto, llegan las pruebas Saber 11. ¿Cuál será el resultado en corregimientos como Filo Gringo, Orú Bajo o Versalles, donde las escuelas están cerradas, los caminos minados y el miedo ocupa el pupitre? ¿Qué oportunidades reales tendrán esos jóvenes de acceder a una universidad? ¿Qué tratamiento especial se dará al modelo educativo en territorios donde estudiar se ha convertido en un acto de resistencia? El sistema les exige resultados sin condiciones mínimas. Les niega el presente, pero aún así pretende evaluar su futuro.

Además del vacío educativo, hay una fractura emocional profunda. “Hoy tenemos un testimonio muy doloroso de una madre que dijo que ha parido hijos para la guerra. Eso es desgarrador”, compartió Gerson Figueroa. La guerra les arrebata a los niños no solo la posibilidad de soñar, sino de crecer sin miedo. Niños que no juegan, que no aprenden, que se esconden de los drones: esa es la herencia que está dejando este conflicto.

Sala de escuela vista a través de un hueco en la pared © Andrés López.

Educación con enfoque campesino: un modelo que nace desde abajo.

A pesar del cierre de escuelas, el miedo y el abandono estatal, las comunidades autogestionan alternativas para una vida más digna. En las serranías motilonas, donde la institucionalidad falla, comienza a emerger un modelo educativo propio, concertado desde el territorio, liderado por comunidades campesinas.

Como lo señala un artículo reciente de Periferia Prensa, “un nuevo modelo educativo se incuba en las serranías motilonas”, la Asociación de Juntas de San Juancito, corregimiento del municipio de Teorama, también de La Trinidad y Honduras, corregimientos del municipio de Convención, están impulsado un proyecto educativo para las primeras infancias, cuyos  currículos sean contextualizados y pertinentes para la identidad campesina del territorio. (Periferia, 2025).

Este proyecto en construcción involucra a la comunidad educativa, organizaciones sociales,  la Secretaría de Educación de Norte de Santander, y el Ministerio de Educación.

Aunque todavía faltan pasos para materializar la idea piloto, es un paso simbólico hacia una educación con enfoque campesino y territorial. Una apuesta pedagógica que nace desde el arraigo, no desde la imposición, y que demuestra que el Catatumbo no solo denuncia: también construye.

“Mientras el Estado militariza el territorio, las comunidades levantan una escuela propia desde su cosmovisión. Es la educación del Catatumbo respondiendo desde sí misma”, expresó un líder durante la Caravana.

Comunidad recuerda al líder Trino Torres Muñoz, quien fue asesinado hace 20 años. © Andrés López.

Conmoción interior y militarización: más soldados, menos derechos.

Ante el recrudecimiento del conflicto, el Gobierno no ha sido capaz de garantizar la protección de los derechos humanos y su inversión social ha sido insuficiente. Además de eso, el 20 de enero de 2025, el presidente Gustavo Petro decretó el estado de conmoción interior en la región del Catatumbo, una medida extraordinaria que ha facilitado la militarización del territorio y puesto en riesgo derechos fundamentales.

Para las comunidades, lejos de ser una solución, esta medida agrava el problema. “No ha habido respuesta directa del Gobierno para atender a esta población víctima del conflicto. No hay ayuda alimentaria ni psicosocial”, denunció el personero Figueroa. 

La Corte Constitucional anuló varios decretos qué hacen parte de la conmoción interior, considerando que pretendían resolver problemas estructurales sin consultarle primero al Congreso.

“Estamos cansados de escucharle al presidente Petro que la solución es la militarización. No queremos otro actor armado”, expresó el personero ante los caravanistas.

La paz total, para el Catatumbo, se siente más como una consigna vacía que como un horizonte real.

Miembros de la Caravana por el Catatumbo hablan a la comunidad. © Fredy Henao.

La palabra como blanco: estigmatización y silencio forzado.

Como si no bastaran las balas y los drones, las comunidades también deben enfrentarse a otra forma de violencia: la estigmatización de quienes trabajan por garantizar algunos derechos en sus comunidades. Defensores de derechos humanos, líderes comunitarios e incluso funcionarios públicos como los personeros han sido señalados, hostigados y amenazados por denunciar lo que ocurre.

Se ha convertido en una política de restricción. Al ser señalado en un medio de comunicación o en redes sociales, tú te abstienes de seguir ejerciendo tus labores como defensor de derechos humanos”, afirmó Figueroa. En varios casos, las amenazas provienen no solo de actores armados ilegales, sino también de estructuras institucionales o simpatizantes del Gobierno, lo cual agrava la situación.

Esta persecución no es nueva. Las comunidades quedan atrapadas entre el fuego cruzado, y se ambienta una campaña para luego justificar el asesinato de sus liderazgos. 

Línea del tiempo: la guerra en el Catatumbo (enero – julio 2025):

17 – 20 Enero : Enfrentamientos entre ELN y disidencias dejan decenas de muertos. El gobierno decreta la conmoción interior.

18 Enero – 20 Febrero : Desplazamiento forzado de la población civil además del inicio de la población civil. principalmente a los liderazgos sociales.

3 Marzo : Primeros ataques con drones armados; muere un militar en Teorama y un niño en Tibú.

19 Marzo : Comienzan los bombardeos con drones en Filo Gringo.

Abril : La Corte Constitucional anula parte de los decretos de conmoción.

Mayo – Julio : Se agudiza la estigmatización y perfilamiento en redes sociales contra líderes comunales y sociales.

Marcha de faroles en homenaje al líder Trino Torres Muñoz, quien fue asesinado hace 20 años, el 26 de julio de 2005. Corregimiento de San Juancito del municipio de Teorama. © Fredy Henao.

Dignidad en ruinas: las comunidades no se rinden.

Pese a todo, el pueblo del Catatumbo no se rinde. Lo demostró durante la Caravana Humanitaria que recorrió la región entre el 24 y el 31 de julio, recogiendo testimonios, manifestando su abrazo solidario y visibilizando las múltiples violencias. “Las Juntas de Acción Comunal siempre han estado al frente de la defensa de la vida. No vamos a estar con un actor armado ni con otro. Vamos a defender la vida de quien sea, porque esa ha sido nuestra enseñanza”, dijo un líder comunitario.

La resistencia no es épica ni simbólica: es concreta, cotidiana y silenciosa. Se expresa en las madres que no abandonan a sus hijos, en los profesores que siguen enseñando sin garantías, en los campesinos que no se van, aunque el cielo les caiga encima.

“Sáquennos del conflicto. Déjennos vivir”, es la consigna que repiten desde hace años.

Que la vida vuelva a caer del cielo

En el Catatumbo, donde alguna vez cayeron lluvias que bendecían la tierra fértil, hoy caen drones que siembran muerte. La guerra se reinventa, pero el Estado sigue fallando en lo esencial: garantizar la vida, los derechos, y la dignidad del pueblo. Mientras eso no ocurra, la paz será solo un papel más en los escritorios de Bogotá.

Este artículo se construyó con base en testimonios, documentos de campo y análisis de contexto. Su intención no es solo denunciar, sino acompañar. Porque el periodismo también tiene que tomar partido. Y en esta historia, el lado del pueblo no es neutralidad: es justicia.

Por Camilo Gómez

Mujer Wayuú con un parque eólico atrás en la Guajira.

Mientras avanza una crisis ambiental global que amenaza con la multiplicación de los conflictos sociales, la disputa por el acaparamiento, uso y aprovechamiento de los bienes comunes tales como el agua, resulta mediada por las lógicas del mercado y de las armas. De esta manera, la carrera por controlar las fuentes energéticas convencionales…

En las montañas del municipio de Cajibío, en el departamento del Cauca, un antiguo conflicto resuena entre el eco de las hachas y el susurro de los árboles caídos. La tierra que alguna vez alimentó a las comunidades campesinas e indígenas de la región se ha transformado en un escenario de disputa…

Escrito por Samanta Quintero ; Yhaira Rincon ; Lucas Taffin y Juan Santoyo

Este no es un artículo que se especifica en hablar del fin de la humanidad, ni que faltara menos, suficiente drama tenemos en el presente. Sin embargo, tocar temas como este se vuelve esencial si consideramos que existen actividades humanas que generan cambios trascendentales en el planeta, reflejados en el cambio climático, la pérdida y el deterioro ecosistémico… 

Al otro lado del charco, ya se escuchan lamentos como el de Olivier, agricultor francés que, junto con su esposa se preguntan cómo van a hacer para regar sus cultivos este verano, frente al pronóstico de escasez generalizada de agua en su región…